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España, Margallo y sus narices

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“Saque sus narices de Venezuela, canciller español!”. Con estas contundentes palabras ha contestado el nuevo presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, al Ministro de Exteriores español, José Manuel García-Margallo, quien ayer declaró su intención de intervenir en Venezuela para fomentar el “diálogo” y llevar a cabo un recuento electoral rápido, como ya había anunciado en otra ocasión.

 

No deja de llamar la atención el papel que está jugando España en el cambio político de Venezuela, especialmente si tenemos en cuenta dos factores: el primero, que las relaciones bilaterales entre ambos países son, desde hace muchos años, muy complicadas, y la actitud de García-Margallo liderando el movimiento que cuestiona los resultados electorales del país no hace más que empeorar las cosas. El propio Maduro recordó a Margallo que tiene otros asuntos de los que ocuparse en su propio país, como “ir a la calle a responder ante la clase obrera a la que ustedes han retirado el derecho al trabajo, al salario, a las pensiones”. Joder con el conductor de autobuses, habrán pensado algunos de los que no dan un duro por el chavista.

En segundo lugar, resulta chocante que la voz del Ministro de Exteriores español suene más fuerte que la del propio Presidente norteamericano. Obama ha sido mucho más prudente al referirse a Venezuela, reconociendo el “reñido resultado” electoral por el que sí, ha pedido una auditoría, pero la ha justificado como una necesidad para “asegurar que los venezolanos tengan confianza en los resultados” y, de paso, felicitó al pueblo de Venezuela por su elevada participación (una cifra con la que, por cierto, muchos soñamos en nuestros respectivos países). El mismísimo Carter Center, que se encarga (entre otras muchas cosas) de misiones de observación electoral, ha dado por válidos los resultados.
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No sé qué pretende el Gobierno con esta actitud paternalista hacia Venezuela. Si quería paz, no ha hecho más que agitar la bola de cristal. Si quería reafirmarse, Margallo metió la nariz y se ha llevado una bofetada porque, en efecto, no se puede dar lecciones de democracia desde un país donde el pueblo no se siente representado, las cifras de paro baten récords, familias enteras son expulsadas de sus casas y personas brillantes están emigrando en masa. Nosotros, que no hemos pedido ni votado nada de esto, somos los primeros en sufrirlo. Margallo no ha sido capaz de dejar su nariz en casa y el Gobierno español ha dado la nota una vez más, como en el no reconocimiento de Kosovo, quedando en evidencia a nivel internacional, mientras fuera se preguntan qué pinta España en todo esto. Buena pregunta.

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