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Disuasión nuclear: la seguridad que encierra una amenaza

imagesHubo un tiempo en que para bloquear o disuadir un ataque las potencias o estados recurrían a la defensa militar. Esta medida preventiva requería una capacidad tal que pudiera suponer una amenaza para el atacante, ya fuera en número de hombres o en capacidad de destrucción sobre el terreno, hasta el punto de que el enemigo se abstuviera finalmente de llevar a cabo cualquier ataque. Pero la estrategia de la disuasión como medida preventiva en un conflicto adquirió más fuerza y un mayor peligro en el mundo bipolar liderado por Estados Unidos y la URSS. Después de la Guerra Fría, el concepto de disuasión pasó a ser disuasión nuclear, una amenaza de destrucción masiva con consecuencias graves, prácticamente inasumibles por la población que la sufriera.

mza05La posesión de armas nucleares por parte de las dos potencias las hacía más fuertes que ninguna otra en los años sesenta, pero ambas estaban enfrentadas. La disuasión nuclear era recíproca, ya que representaban una gran amenaza la una para la otra y sabían cuáles serían las consecuencias si decidían atacarse. Las dos utilizaban el mismo discurso hacia su población: “Ellos se arman para agredir, nosotros para disuadirles”, y así se justificaba la tenencia de potentes armas nucleares. Teniendo en cuenta que el enemigo poseía semejante capacidad de destrucción, la sensación de seguridad era imprescindible. Pero, como dijo Winston Churchill sobre las armas nucleares, “la seguridad era la fuerte hija del terror”, un terror que se extendía entre la población mundial por la irracionalidad del uso de estas armas. La tecnología nuclear militar desterraba por completo todo diálogo y negociación racional, e incluso la intervención militar en el territorio. En cambio, suponía la destrucción de un país y sus habitantes antes de haber derrotado a sus fuerzas armadas. Un ataque nuclear no es racional porque se basa en el temor; no es guerra, sino destrucción; pero sí es rápido y fulminante. Es la necesidad de seguridad, que conlleva una amenaza que, a su vez, supone sembrar el terror.

En general, la disuasión no hace necesaria la igualdad en el número de armas nucleares de ambos bandos; lo más importante es la invulnerabilidad o capacidad de supervivencia ante un ataque. Aún así, es necesario tener la capacidad nuclear suficiente para que la amenaza disuasoria sea creíble a ojos del adversario. Hoy en día tenemos la experiencia de Hiroshima y Nagasaki: sabemos que el ataque nuclear dejó unos 250.000 fallecidos y muchos más afectados de por vida por la radioactividad, desarrollando enfermedades cancerígenas en mayor proporción que en todo Japón. Pero, sobre todo, sabemos que el alcance de un ataque nuclear en nuestros días sería unas cien mil veces superior, poniendo en peligro la propia existencia de vida humana en la Tierra al enviar enormes cantidades de gas tóxico a nuestra atmósfera.

No existe una única versión de la disuasión nuclear. Según los intereses, ésta puede hacerse para defender el propio territorio o, de una manera más amplia, para defender todos aquellos territorios que interesan a una potencia nuclear, como fue el caso de Estados Unidos con las zonas europeas bajo mandato occidental, ante la amenaza de la URSS. En nuestros días, la ampliación de intereses sigue presente, como es el caso del intercambio de amenazas nucleares entre Israel e Irán, en el que Estados Unidos (con una gran “reputación” nuclear) juega un papel fundamental como aliado de los hebreos.

En imagen de archivo, pobladores de Hiroshima en un hospital luego del ataque con bomba atómica lanzado por el ejército de Estados Unidos en 1945

Cincuenta años después de la disuasión nuclear de la Guerra Fría, el conflicto nuclear podría encontrarse de una manera más amplia en las relaciones Oriente-Occidente, dos zonas que se han vuelto muy antagónicas con la transición hacia las economías de mercado, la evolución de la democracia y la liberalización social y cultural comandadas por el mundo occidental. Las armas nucleares siguen existiendo, tecnológicamente perfeccionadas, por lo que el debate sobre la disuasión nuclear continúa sobre la mesa. Tras el 11-S, se puso de manifiesto la posibilidad de que existan armas nucleares en manos de terroristas como Al-Qaeda y la búsqueda de armas de destrucción masiva ocupó centenares de portadas en los periódicos. Este tipo de amenazas parecen hacernos olvidar las consecuencias devastadoras de Hiroshima cuando, en realidad, deberían motivar una actuación conjunta entre Rusia y Estados Unidos para la erradicación total de las armas nucleares, que siembran el terror y ponen en peligro la propia existencia humana.

La disuasión nuclear se ha convertido, en muchos aspectos, en una especie de juego diplomático que atemoriza al mundo, especialmente a los países más vulnerables. Iran amenaza a Israel al afirmar que está aumentando su capacidad nuclear, pero nadie sabe a ciencia cierta hasta qué punto es cierto; los gobiernos occidentales señalan a los países árabes con presencia de terroristas y a Corea del Norte como una amenaza por su (supuesta) posesión de armas nucleares cuando, tal como se puso de manifiesto en la Primera Guerra del Golfo, muchas vinieron de manos de los propios occidentales cuando sus intereses eran otros.

El diplomático norteamericano G. F. Kennan sostenía que para conseguir la paz era necesario renunciar a las armas y arsenales nucleares, que sólo podrían provocar una guerra nuclear total con consecuencias devastadoras. Apostaba por la necesidad de una autoridad internacional capaz de garantizar la seguridad y la búsqueda de la paz, una autoridad que quizás parecería insuficiente, pero que podría salvar a la humanidad de destruirse a sí misma.

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