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Una Europa de dos velocidades… ¿unida?

La llegada de la crisis económica a Europa ha sembrado el euroescepticismo. Dudamos sobre si la adopción del euro ha sido una buena idea, sobre quién nos dirige realmente, sobre cuáles son nuestras competencias como Estado frente a la Unión Europea… Y mientras los gobernantes de los Estados miembros dan su brazo a torcer -la mayoría, temerosos de debilitarse más si se desmarcan de la UE- el Reino Unido se planta ante la intención de Angela Merkel de relegar más competencias a Bruselas. Un intento de “más unión contra la crisis” por parte de Alemania de la que David Cameron se desmarca.

El Reino Unido, que tradicionalmente ha tenido una amplia soberanía en su modelo parlamentario, lejos de aceptar la medida pretende reintegrar algunas competencias que, actualmente, pertenecen a Bruselas (aunque aún no ha concretado cuáles). Quiere conservar su rol en la Unión, pero no a las órdenes de un dictado de medidas comunes. Acepta el mercado único y la unión bancaria, pero no a costa de perder la base financiera más importante de Europa, como podría pasar si Bruselas comenzara a tomar las decisiones sobre la economía del país. Por este motivo, un pacto fiscal europeo no es del agrado de Cameron, que amenaza con votar en contra del presupuesto de la UE, para inquietud de Alemania.

En un momento como el que vivimos, conservar el mercado único y una política económica común parece lo lógico, como garantía de que no estamos solos ante la crisis. Pero reforzar más la integración, como propone Merkel, en un momento de profundo euroescepticismo, cuando las medidas de austeridad aplicadas han venido impuestas, provocando una gran crispación social, no es la solución. Si ya existe un profundo desencanto con la democracia y sus gobernantes en cada país, con fuertes críticas a la falta de soberanía popular, ¿qué descontento no habrá si es Bruselas quien toma cada vez más decisiones?

Angela Merkel habla de una mayor unión, pero una Europa de dos velocidades podría acabar en todo lo contrario. Las dos velocidades contribuirían a una división aún mayor entre los países fuertes y los débiles, legitimando la desigualdad que ya existe y sin dar ni una posibilidad a los débiles de salir reforzados. La excusa es que, con este sistema, la aprobación de medidas por parte de Alemania y Francia se agilizaría al no tener la negativa de los más escépticos, que quedarían en una especie de “sala de espera” en segundo plano, eternamente condenados a una vía lenta de duración indefinida. En definitiva, se aprobarían medidas comunes en contra de su voluntad. Si en la actualidad los países menos poderosos tienen un escaso margen de acción, con este sistema su papel sería, en la práctica, todavía menor o incluso inexistente. En consecuencia, el malestar social podría hacer que la “unión” de Merkel se convirtiera en una gran confrontación entre los Estados miembros.

El euroescepticismo es lógico en tiempos de crisis, como también lo es la necesidad de recuperar competencias. Eso sí, sin abandonar lazos en el terreno económico y político común que nos permitan navegar juntos. Juntos, pero nunca remolcados por “los grandes” hacia un destino que no entra en nuestros planes. Por el contrario, debería plantearse una recuperación económica basada en el refuerzo de las competencias propias de cada Estado, que cada uno se reconstruya a sí mismo, con el cojín de unas directrices políticas y económicas comunes basadas en la cooperación, sólidas y bien marcadas, sin excepciones ni ambigüedades que generen desconfianza.

Una cosa es reconocer que existen diferencias y otra muy distinta, legitimarlas, como ocurriría en la Europa de las dos velocidades. Cameron, consciente de sus diferencias, se desmarca del proyecto y reclama competencias. Pero debe especificar cuáles y justificarlas si no quiere que sus intenciones queden en papel mojado y sólo suenen a amenaza y confrontación.

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